sábado, 3 de julio de 2010

EL RELÁMPAGO

Conocí a Florian bajo circunstancias poco usuales. Habíamos sido presentados durante el cumpleaños de una ocasional amiga en común. Desde ese día fuimos como carne y uña. Cursamos juntos meteorología y así como yo sabía claramente el motivo de mi elección, él jamás dudó que ambos seríamos grandes profesionales. Florián siempre decía lo mismo:   “Algún día voy a entender como nadie cómo es que funciona una tormenta”.  Sus afirmaciones al respecto eran tajantes. Era una de las pocas cosas que decía con seriedad, el resto del tiempo daba la impresión de estar completamente loco y la mayoría de sus comentarios siempre me causaban carcajadas estentóreas. La combinación de nuestras personalidades daba como resultado una aleación muy peculiar. Lo pasábamos bien y siempre estábamos saliéndonos de las normas que establecen el uso y las buenas costumbres. Asistir juntos a una fiesta implicaba reírnos de principio a fin, provocando siempre el desconcierto y el asombro; normalmente éramos echados a patadas en un deplorable estado de ebriedad y terminábamos parados en cualquier esquina. Mirando el cielo apostábamos haciendo pronósticos para las horas siguientes.  En mi caso mi vocación nació a muy temprana edad. Siempre sentí curiosidad por los fenómenos naturales y durante mi adolescencia supe que quería ser meteorólogo. En el caso de Florian, por momentos ni él sabía explicar sus motivos reales. Sus argumentos al respecto siempre fueron vagos, sólo insistía con que él entendería las tormentas, y eso era todo. Pero conociendo su multiplicidad de habilidades y la facilidad para asimilar conocimientos que él poseía, yo no dudaba que aquello que se propusiese lo haría a la perfección.  

Algo que siempre me llamaba profundamente la atención de entre sus afirmaciones era su decisión de no enamorarse. Siempre le preguntaba cómo había podido decidir algo semejante, ya que siempre entendí que el enamorarse no depende de la voluntad sino que es algo que simplemente ocurre. Pero él me contestaba parodiosamente que su caso era la excepción a la regla dado que su destino estaba marcado en una dirección que perjudicaría a cualquier persona que se enamorase de él. Al poco tiempo de graduarnos intentamos hacer buena letra trabajando en el laboratorio experimental del Servicio Meteorológico Nacional de la Ciudad de Buenos Aires. Bastó que rechazaran nuestra propuesta de instalar una misilera cazarayos para que todo se nos tornara aburrido. La idea no era una de esas locuras sin precedentes, todo lo contrario, ya que, en Estados Unidos se estaba llevando a cabo un proyecto similar. De todos modos la moción fué rechazada. La serenidad duró poco ya que nos aburríamos bastante, no por nuestro trabajo sino por el clima acartonado que cultivaba el resto de nuestros colegas. Florián tuvo una idea para romper con todo eso. Una noche, champagna de por medio, fué desgranando esa idea, explicándome paso a paso lo que haríamos para ejercer nuestra profesión ganando bastante dinero, divertirnos y ser famosos; todo al mismo tiempo. Cuando terminó supe, ahora más que nunca antes, que mi amigo estaba loco de remate. Su idea consistía en ofrecer al mejor postor un nuevo programa televisivo que tratara sobre todos los fenómenos naturales, seríamos algo así como los cazatormentas de la televisión. Tornados, inundaciones, terremotos y erupciones volcánicas, todo sería mostrado y comentado con vehemencia casi artística y la información siempre estaría matizada por el humor y lo ridículo. Le dije a mi amigo que estaba chiflado, pero él insistía en que yo tenía suerte de estar con él y que gracias a eso me haría rico y famoso. Al decirme esto noté en su mirada una expresión como nunca antes la había tenido, era firme y decisiva, sus pupilas dejaban escapar un leve destello y al mismo tiempo, paradójicamente parecían estar veladas por un leve dejo de tristeza. Un Viernes por la mañana sonó mi teléfono, era Florian para contarme con excesiva exaltación que su proyecto había sido aceptado por la Cadena CWN y que el sábado tendríamos un acercamiento con la producción del canal. La idea les gustaba y ahora querían conocernos. Florian se vistió especialmente para la ocasión. Su look era algo así como una mezcla de payaso y top módel. Era muy gracioso y al mismo tiempo increíblemente original. Yo por mi parte me vestí al mejor estilo conservador: traje, moño y el pelo sujeto con gel. Llegamos al canal media hora antes de lo previsto y en vez de acceder por la puerta de entrada de la administración, Florian me tomo del brazo y con una mirada pícara se deslizó hacia la puerta de entrada del estudio, es decir, el sitio por dónde entran los artistas y los periodistas. Adiviné su intención de querer divertirse aún en esa circunstacia y comencé a reirme como de costumbre. Dábamos una imágen peculiar, él vestido como estaba, actuaba en su rostro una expresión de extrema seriedad; en cambio yo, que vestía con sobriedad no podía dejar de reirme a carcajadas. Llegamos al portal y el guardia de la entrada se interpuso con expresión seria, lo cual encendió más mis risotadas. Florian tomado de mi brazo le sonrió levemente y como si lo conociera desde siempre lo saludó y se abrió paso por un costado, su expresión era formidable. El guardia nos miraba sin saber qué hacer. Cada persona que nos cruzábamos nos saludaba como si nos conociera, nosotros saludábamos de igual modo. El magnetismo y la personalidad de Florian no pasaban desapercibidas, todos lo saludaban con especial énfasis. A cada paso que daba, mi amigo sufría un agigantamiento de su ego que me provocaba una risa ya incontrolable. De pronto, como si hubiésemos conocido el camino, nos encontramos en un hall de acceso a distintas oficinas. En la puerta de una de ellas estaba el nombre de la persona que debíamos ver, obviamente era uno de los productores más importantes de esa cadena televisiva. Entramos por esa puerta y al salir media hora más tarde sentimos que nuestras vidas habían tomado un rumbo completamente nuevo. Acabábamos de firmar un contrato para un programa piloto que se emitiría cada noche de lunes a viernes. Conociendo a mi amigo no me asombró ver con qué destreza y calidad elaboró los veinte minutos diarios de cada programa. Los productores, el personal técnico y la misma audiencia no podían creer que un par de desconocidos, como aparecidos de la noche a la mañana, pudieran hacer una puesta en pantalla tan dinámica y de tan buena calidad de contenido. De hecho llegamos a tener el récord de raiting en esa banda horaria; en una semana todo el mundo hablaba del programa y por las calles todos nos saludaban. Una vez más Florián había tenido razón. Junto a él había alcanzado fama, prestigio y comencé a ganar muy buen dinero, y todo en muy poco tiempo. Fué bueno poder aprovecharlo mientras duró. Dicen que lo bueno dura poco, o para decirlo de otra forma “el diablo siempre mete la cola”. Los acontecimientos que tuvieron lugar a sólo cinco meses de comenzar nuestra nueva vida, lejos de sumergirnos en el olvido hicieron que pasáramos a formar parte de esa especie de mito que trasciende todo lo imaginado. Aparecimos en las primeras planas de los diarios, aunque fué Florián, como siempre, el causante de todo, pero sin saber que esta vez había “comprado” un extraño pasaje sin retorno. Su experiencia sembró el desconcierto, la angustia y la tragedia.  

Cierto día de aquella primavera supimos que por la noche se abatiría sobre la ciudad de Buenos Aires una fuerte tormenta eléctrica. Como el programa iba en directo, mi amigo tuvo la idea de transmitirlo desde una de las azoteas de uno de los edificios más altos de la ciudad. Tomar imágenes nocturnas de la urbe, iluminada por las descargas eléctricas de la tormenta, era algo muy tentador. La producción se encargó de conseguir los respectivos permisos y por la tarde ya estábamos instalados preparando aquel programa especial. Cada vez que aquella  noche fatídica acúde a mi recuerdo, no hago más que sentir terror. Todo estaba preparado y como siempre reinaba el buen humor. Si bien el programa se había armado en el sector cubierto de la terraza, Florian había decidido que en el momento en el que el fenómeno se desatara, (según nuestros cálculos eso ocurriría en el transcurso del programa), él saldría a la terraza descubierta y, paraguas en mano, recibiría a la tormenta. A mi no me gustaba aquella idea ya que nos encontrábamos muy alto y aunque el edificio tenía su respectivo pararrayos, me parecía muy riesgoso exponerse de esa manera. Al mismo tiempo sabía que intentar disuadirlo sería inútil. Florian dijo que no me preocupara, se rió de mis temores y con su típico humor negro dijo que si un rayo alcanzaba a chamuscarlo, el programa quedaría para mí solo. Fué la primera vez que una de sus bromas no me había gustado para nada. Todo siguió tal como él lo había previsto. El programa comenzó como todas las noches. Hicimos comentarios y bromas a cerca del día caluroso y pesado que Buenos Aires habia soportado. De pronto nos hicieron señas desde detrás de cámaras indicando que a nuestras espaldas ya podía verse el inicio de la anunciada tormenta. El programa ya estaba en el aire, Florian tomó la palabra y se aferró de un paraguas cerrado mientras explicaba cómo se producían ese tipo de tormentas, se puso de pié e instó a la cámara para que lo siguiera a recibir la tormenta eléctrica. Yo me quedé sentado observando a mi amigo salir al sector descubierto con un telón de fondo casi sobrenatural. Los relámpagos se sucedían cada vez con mayor asiduidad, mientras mi amigo pedía a la cámara un primer plano del mango tallado de aquel paraguas que había comprado en la feria de San Telmo. De un momento a otro el cielo parecía estar iluminado por las luces de un gigantesco árbol de navidad. Sobre el horizonte se empezaban a ver caer algunos rayos y algunas descargas produjeron fuertes truenos que hacían vibrar la estructura de aquella terraza cubierta. Florian seguía afuera hablándole a nuestros televidentes. La tormenta parecía estar llegando a su punto máximo y comenzaron a caer algunas grandes gotas, entonces mi amigo y colega sonriendo abrió el paraguas y saludando dijo que iríamos a un corte publicitario. Justo en ese momento una descarga en forma de rayo alcanzó la punta del paraguas. El resplandor nos encegueció a todos y el trueno casi nos dejó sordos. Todos corrimos hacia donde estaba Florian. La corriente se había cortado por un instante y volvió nuevamente. Comenzó a llover con fuerza, ví sobre el piso los restos del paraguas chamuscado pero no ví a mi amigo. Todos nos miramos perplejos. El no estaba. Angustiosamente buscaba encontrar algún indicio de su cuerpo quemado pero ante mi desesperacón, no encontré nada. La directora del programa se hechó a llorar y el pánico se apoderó de aquella terraza, el horror se acrecentó cuando álguien sugirió la posibilidad de que el rayo lo hubiese despedido haciendo que cayera al vacío. Llegó la policía y luego una ambulancia, cuyos enfermeros esperaron de brazos cruzados hasta que amaneció. A las ocho y media de la mañana el comisario Brito nos comunicaba que se había rastreado cada sitio que rodeaba al edificio a varias cuadras a la redonda, pero no se había encontrado nada. A pesar de haber cesado la lluvia, el cielo encapotado hacía que la mañana fuese más triste. Apenas habían pasado unas horas desde lo sucedido y ya los diarios de la mañana anunciaban en tapa la fulminante muerte de Florian Pushkin. Yo no podía resignarme a creerlo. Su cuerpo no estaba. Tampoco sus restos. No había un sólo indicio de él. Conociéndolo dejé que mi mente quisiera suponer que esto era una broma más, una representación más de su inacabable faz de improvisador. Esperé ansioso que apareciera desde detrás de cualquier lugar y que con su acostumbrada sonrisa pusiera fin a esta angustia colectiva. Los admiradores del programa estaban consternados, los noticieros salieron a las calles y la gente sólo hablaba del dolor que le causaba la muerte del nuevo ídolo televisivo. Al mediodía ya éramos noticia en todo el mundo. millones de televidentes habían visto la repetición de aquél desgraciado suceso, por lo cual nadie dudaba de su muerte. No era que yo no quisiese aceptarlo, pero la falta de evidencias físicas me intrigaba por demás. El comisario comentó frente a las cámaras que “en estos casos el cuerpo de la víctima suele volatilizarse”. La producción decidió suspender momentáneamente la emisión del programa lo cual me tranquilizó bastante, ya que, aún después de varios días de lo ocurrido no me encontraba en condiciones de seguir yo solo. Para mí continuar era impensable, dadas las circunstancias. Además, sin mi amigo me sentía perdido. Al día siguiente recibí innumerables llamadas de condolencia. Aunque no los contestaba podía oírlos a través del contestador. Por la tarde, mientras conversaba con Julia, nuestra productora, entró una llamada que nos alarmó, el hombre dijo que era físico-matemático y que no estaba de acuerdo con las declaraciones del comisario, dejó un teléfono y cortó. Julia me miró con sorpresa y luego de un breve silencio ambos decidimos llamarlo. El hombre en cuestión fué muy gentil al explicarnos con detalle por qué un rayo jamás puede volatilizar a una persona y que él no conocía ningún caso en el que la descarga empujara a la víctima a más de un metro. El científico aseguró que la lógica indicaba que Florian debería haber quedado arrojado sobre aquella  azotea. Hizo un breve silencio y luego aseguró que ante la ausencia de dicha evidencia la otra única posibilidad era que haya desaparecido. Le pedí que fuese más claro. Dijo que según sus cálculos, una descarga de esas características podría haber cambiado la carga eléctrica en los átomos de las moléculas del cuerpo de mi amigo, tras lo cual simplemente desaparecería. Hizo otro silencio. Yo insistí que si existía esa posibilidad  ¿Dónde se encontraba Florián?  Dijo que por el momento eso no lo podía responder, pero que yo no debía dudar que mi amigo no había muerto sino que había sufrido un fantástico cruce hacia otra realidad quizás paralela, quizás infinita. Quedando a mi disposición se despidió deseándome suerte. Julia y yo quedamos mudos de asombro. Le dije que era imperioso ver el video de aquel último programa. Sabía que revivir aquello sería inmensamente doloroso, pero debíamos revisar todo detenidamente. El camarógrafo en persona nos trajo la cinta y se unió a nosotros. Vimos varias veces aquél momento trágico, pero el destello de la descarga eléctrica no dejaba ver casi nada. Florián estaba allí un segundo antes de caer el rayo, al segundo siguiente sobrevino el apagón y luego todo había terminado. Julia no podía contener sus lagrimas. El camarógrafo rebobinó la cinta una vez  más y dijo que quería ver la escena en cámara lenta, cuadro por cuadro. Ahora sí pudimos ver algo increíble. En el cuadro anterior al contacto del rayo con el paraguas, algo extraño ocurría en el cuerpo de mi amigo, era como si hubiera perdido nitidez, se veía casi transparente. En el cuadro siguiente el rayo casi toca la punta del paraguas y para entonces gran parte de su cuerpo ya no existe. En el cuadro siguiente, aunque el resplandor ya es formidable, el paraguas aún se vé, pero Florian ya no está allí. Este descubrimiento nos aterró. Además de confirmar lo que había dicho el científico, ahora sentía una inmensa sensación de impotencia. Ahora sabíamos que este extraordinario amigo no había muerto, al menos no en el sentido en el que se entiende “morir”. Había desaparecido de esta realidad, pasando quizás a otra dimensión del tiempo y el espacio, quizás a un mundo paralelo o quién sabe, talvez estuviera allí mismo entre nosotros sin que pudiéramos vernos el uno al otro. Su propia predicción se había cumplido:  había conocido como nadie el interior de una tormenta. Quizás la tormenta se lo había llevado, quizás ahora él formaba parte de aquél portentoso fenómeno de La Naturaleza, atrapado en la quinta dimensión, en la cual todo se repite incesantemente, una y otra vez hacia el infinito. Quizás Florian fuese ahora prisionero de la eterna recurrencia. Desde aquél día espero ansioso la formación de tormentas eléctricas y a veces viajo cientos de kilómetros para acercarme al lugar donde sé que habrá una. Contemplo la energía tremenda que la produce. Puedo ver el fenómeno como a un ente con vida propia. Miro y espero ver en sus descargas alguna forma que se parezca a mi migo; algún rayo que me recuerde su carácter; algún destello que me responda en cuál nube vive la sonrisa de Florian Pushkin.  



Autor: Rodolfo Eres Mitro 


jueves, 7 de enero de 2010

DOMINGO ROTO


Rodolfo Eres Mitro


Nunca me gustó salir los domingos, pero en aquella tarde el sol comenzaba a anunciar los primeros días primaverales y no lo pensé demasiado, salí a caminar sin rumbo. Me escapé de Barracas enfilando hacia el centro. No tenía nada especial en mente, sólo ideas y recuerdos que iban y venían, de manera que me permití un paseo azaroso. De pronto me distraje de mis pensamientos y por lo visto había caminado un largo trecho casi sin notarlo. Vi que me encontraba frente a la embajada francesa. Observé detenidamente su arquitectura y como atraído en la dirección opuesta doblé por la calle Arroyo buscando llegar al Museo que se encuentra sobre Suipacha. Eran las tres de la tarde, más o menos, y había poco movimiento. Al entrar al patio del Museo Fernández Blanco noté que yo era el único público. Vi algún que otro guardia aletargado con rostro deseoso de que pasara la hora. No tuve ganas de entrar a ver el palacio por dentro, no esta vez, simplemente me deleité paseando por su patio de ladrillos, contemplando sus bellos jardines y su singular arquitectura. Recuerdo que aún me sentía mal predispuesto para hacer relaciones públicas, hacía muy poco tiempo que yo había dejado mi reclusión voluntaria, de manera que me sentí a gusto con el jardín para mi solo. Abruptamente acudió a mi mente el recuerdo de las historias de fantasmas y apariciones que habían trascendido años atrás. Entre esas historias me inquietaba en particular la del viejo sirviente que se había suicidado hacía ya muchos años cuando la mansión aún era propiedad de los Noel. Las habladurías cuentan que de tanto en tanto el fantasma de aquel pobre viejo auyenta a los visitantes desprevenidos; pero lo que en realidad más me molestaba era pensar que aquello pudiera ser verdad, que aquellas historias transcurridas en otra época pudieran, de alguna manera, cobrar vida en el presente a través de fantasmagóricas apariciones. Insistí en rodear una vez más el limonero, pero pronto quise irme. Abandoné aquel misterioso palacio dejando que mis pies me llevaran por la pendiente de la vereda hasta la Avenida del Libertador. Me detuve y respiré profundamente. Sentí como si hubiera abandonado una cripta funeraria, lo cual me sobrecogió notablemente. Aquella sensación me dejó bastante molesto. Caminé y caminé sin rumbo. Reflexioné acerca de aquellas historias macabras y concluí que todas las extrañas visiones referidas por empleados u ocasionales visitantes, no eran más que los deseos materializados de todos aquellos que necesitan creer que existe algo más allá de la realidad circundante. Estuve muy conforme con esta conclusión, ya que en ese momento desconocía que muy pronto iba a tener que replantear mis ideas. Al poco tiempo, una serie de acontecimientos extraños hicieron que toda la base sobre la cual descansaban mis razonamientos tambaleara.

A las nueve de la noche estaba de nuevo en mi apartamento intentando preparar algo para la cena. ¡Con qué poco entusiasmo se cocina uno para sí mismo en la soledad! Comer se torna, por momentos, en una práctica insana e indigesta. A veces es como masticar veneno sabiendo que uno seguirá vivo. El día que decidí descorchar una botella de champagne para mí solo sentí tanta melancolía que creí que por fin moriría. En otras épocas y otras circunstancias había disfrutado de esa bebida junto a la compañía de algún amigo, o en el mejor de los casos junto a alguna hermosa mujer, pero en este día de soledad las burbujas se habían transformado en venenosa efervescencia. El hecho de que fuese domingo por la noche no ayudaba a mi digestión. De todos modos decidí comer. Tengo que confesar que tuve un presentimiento, algo inusual en el aire de aquella melancólica noche de Domingo no me gustaba. Mis pensamientos se remontaron a otra época, otro momento de mi vida. Recordé las fiestas formidables y las reuniones, las salidas improvisadas con mis amigos, los viajes a Bahía o a Jamaica, a la Isla de Pascua o a Nueva York. Todos disfrutábamos sin descanso. Nunca faltaba nada. Claro, la fortuna que yo había heredado de mi abuelo daba para mucho y parecía no tener fin. Yo era nieto único y luego de que mis padres fallecieran en un accidente, mi abuelo paterno dejó todas sus riquezas bajo mi amparo. Era difícil imaginar la extinción de setenta y tres millones de dólares. Pero después de todo, entendí que nada es para siempre y mucho menos cuando media el despilfarro. Junto con mi grupo de amigos habíamos decidido reunirnos aquel jueves para cenar en un restaurante de Puerto Madero. Al entrar me dirigí directo a la mesa reservada y sentí sorpresa ante todos aquellos rostros “desconocidos”. En realidad eran mis amigos, pero nunca los había visto con aquella expresión. Sus acostumbradas sonrisas habían desaparecido, y en cambio lucían una inquietante expresión de temeridad. Mi mente enmudeció de asombro, inmediatamente pregunté qué pasaba. Nadie contestó. Insistí pero todos seguían mirándome como si fuese yo el que debiera explicar algo. Alicia, que además de ser mi amiga era mi apoderada, se acercó a mi y bajando la vista dijo que yo acababa de perder toda mi fortuna. Por supuesto no le creí, lancé una carcajada y busqué con mi mirada en los demás algún indicio de complicidad. Seguí riendo y les dije que me habían tendido una gran broma y que casi me lo había creído. Pero nadie cambió la expresión de su cara, todas las miradas inquisidoras se posaban sobre mí. Alicia me miró fijamente a los ojos y con voz trémula me dijo que las inversiones que yo le había pedido hacer el día anterior se habían perdido. Todo excepto una suma que ella misma, como buena previsora que era, había depositado hacía algún tiempo atrás, con el fin de que, si fuera necesario, yo pudiera tener una renta durante mi vejez. Esa es la renta con la cual hoy vivo, sin haber llegado aún a la vejez. Alicia me había advertido el día anterior que mi decisión de poner todo el dinero en esas acciones era una actitud irresponsable de mi parte; yo le había contestado, con aquella soberbia que entonces me caracterizaba, que mi instinto nunca fallaba e insistí en que consumara esa operación. Tomé tembloroso mi celular y a través de algunas llamadas confirmé la catástrofe. Ahora lo había perdido todo. Miré a todos y a cada uno de mis amigos y con una tranquilidad casi descabellada les dije que todos habíamos disfrutado mientras duró, y que ahora nuestra amistad debía seguir de un modo nuevo. Estuve nerviosamente tentado a pensar en voz alta aquello de “Dios lo da y Dios lo Quita”. En realidad mi mente estaba enferma y nublada por mi locura, carecía por completo de la conciencia necesaria para darme cuenta de lo grave da la situación. En aquella época todo para mí era como un juego, incluso aquella desgracia consumada por mí mismo, incluso el imaginarme en la ruina total. Nuestras relaciones, de golpe se habían transformado. Pero ante mi sorpresa comenzaron a levantarse uno a uno y con un gesto de ofensa, desprecio y enojo, se fueron yendo todos. Alicia quedó con su cabeza gacha, sentada sola frente a mí. Le dije que yo esperaba que todos hubiesen enfrentado la situación como verdaderos amigos, pero ahora me despertaba a la realidad de que todos estaban a mi lado por interés. Mi decidida soberbia y el poder que aquella fortuna me había conferido sobre los demás, nublaron mi visión de la realidad. Acababa de enterarme de mi propia ruina material y aún seguía jugando a ser el protagonista de una historia fuerte. Cada vez que recuerdo la persona que era en aquellos días es como si estuviera visualizando a un desconocido, alguien tangencialmente opuesto a mí. Como si no me hubiese escuchado, Alicia se puso de pié y dijo con enfado que yo había cometido un error irreparable al obligarla a hacer aquella fatídica inversión, ahora todo estaba perdido. “Que tengas suerte” me dijo pasando esquiva a mi lado, y desapareció por la puerta. Yo estaba indignado. No podía creer que también ella, mi mejor amiga, había estado todos aquellos años por interés, por dinero. Apretando mis dientes tragué una saliva muy amarga y me fuí de ese lugar para siempre. Más tarde el paso de las horas fue sacudiéndome y llevándome a caer en la realidad, una realidad que ya no tenía retorno. Lloré amargamente y me recluí en mi apartamento durante meses hasta adquirir el aspecto de un miserable. Cuando me di cuenta que nadie iba a venir a verme y que realmente me había quedado solo, me detuve. Hice un replanteo de mi vida y de mi soledad. Aunque el indescriptible dolor permanecía enclavado en mi pecho con una intención perpetua, decidí convivir con mi propia desilusión y con ese tremendo desengaño. Sabía que el resto de mis días eran para contemplar al mundo pasar delante mío, allá, fuera de mi propio mundo hecho de soledad.


Justo cuando empezaba a comer sonó el teléfono. En esas circunstancias solía dejar que sonara hasta que respondiese el contestador automático, ya que las pocas llamadas que recibía normalmente eran de parte de alguna oficina comercial, del servicio de luz, o de algún aburrido bromista. Pero contando con que era un Domingo por la noche, sentí un impulso incontrolable de contestar yo mismo. Ni bien atendí, escuché mucho ruido de estática, como si estuviera lloviendo fuerte. Colgué sin esperar y me sentí inquietado. El teléfono volvió a sonar, descolgué nuevamente y escuché el mismo sonido, pero esta vez se oía una voz lejana que pronunciaba mi nombre. Aunque era irreconocible, había en esa voz algo familiar. De pronto la interferencia disminuyó notablemente y pude escuchar pronunciar mi nombre con mayor claridad. En un momento la voz se detuvo y luego continuó: “Yo no puedo escucharte pero sé que vos podés oirme. No tengo mucho tiempo y quiero que escuches atentamente.” Por un instante la interferencia volvió fuertemente, y enseguida se diluyó, la voz continuó: “Acevedo 117 primer piso, vení pronto por favor.” Después de esta última frase la estática se transformó en un ruido insoportable y al instante se detuvo bruscamente y el aparato recuperó su tono habitual. Nunca me había ocurrido algo semejante, sin embargo, y a pesar de que no debería ser más que un suceso extraño, me sentí algo alarmado. Había algo que me inquietaba irracionalmente: aquella voz me era familiar. Sin embargo no quise buscar en mi recuerdo, sólo sentía una irrefrenable necesidad de acudir a aquel sitio desconocido. La dirección que la voz había mencionado no significaba nada para mí, lo cual tornó todo más enigmático. Salí de inmediato y me subí al primer taxi y en veinte minutos estuve allí. Me sorprendió por demás ver que en esa dirección había una casa de sepelios. Por un momento dudé y por primera vez pensé en la posibilidad de que aquella llamada fuese de algún bromista. De todas formas le pagué al taxista y bajé. Entré a la recepción de aquel lugar y busqué en la marquesina algún nombre conocido, pero allí no había escrito nada. El sitio estaba vacío y ni siquiera se veía al personal del lugar. Así y todo, las luces estaban encendidas y no sé por qué motivo decidí subir unas escaleras que estaban a mi derecha. Llegué al primer piso, donde un gran hall dividía lo que parecían ser dos salas de velatorio cuyas puertas permanecían cerradas. Quise irme pero mi curiosidad pudo más. Me acerqué a una de las puertas y la abrí. A pesar de que estaba oscuro, la luz del hall dejaba ver que allí no había nada, era un salón vacío. Me dirigí hacia la otra sala y observé un breve reflejo que se filtraba entre la puerta y el umbral. Aferré el picaporte y entré. La sala estaba casi en penumbras, salvo por un tenue resplandor que provenía desde detrás de un arco divisorio, el cual dejaba adivinar una sala adyacente. Observé aquel sitio con atención. Aparentemente no había nada ni nadie. Por último me acerqué lentamente para ver desde dónde provenía aquella luz y cuando pude verla, mis pies se clavaron en el piso y por unos segundos dejé de respirar. Atónito descubrí que allí había un féretro descubierto que contenía un cuerpo, el cual estaba siendo velado. El crucifijo y los dos cirios encendidos así lo dejaban suponer. Aunque no había encaje, un pequeño volado de tela blanca se confundía con la también blanca vestimenta del muerto. El sitio era una funeraria y aunque uno sabe qué puede esperar en un sitio así yo estaba confundido, y a esa altura de las circunstancias me sentí inseguro de querer acercarme al cajón. Desde donde estaba parado no podía ver el rostro pero sí las yertas manos entrelazadas, casi tan blancas como la vestimenta. Lentamente, diría que casi inperceptiblemente, me fuí acercando al pié de aquel féretro. Miré a mi alrededor como asegurándome de que allí no había nadie más. Una vez llegado a los pies de ese cuerpo sin vida, observé que el rostro parecía ser el de una mujer y aunque me encontraba desde una perspectiva oblicua pude adivinar que se trataba de una mujer joven y bella. Esto me confundió aún más, ¿qué significaba aquella muerta sola en la penumbra de ese edificio semi vacío, sin familiares, sin amigos, sin flores, sólo una cruz y dos candeleros, y ahora mi presencia misteriosa aún para mi mismo? Me acerqué para poderver su rostro plenamente y luego de haberlo hecho sentí que mis piernas se aflojaban, mi estómago se hundió compulsivamente una y otra vez; quería vomitar pero no tenía qué. Creí que no podría soportar sostenerme en pié. Yo había conocido a aquella persona y ella me había conocido muy bien a mí. Se trataba nada menos que de Alicia Silvermann, mi vieja amiga y apoderada. Ahora sólo me preguntaba qué podría haber pasado. Dentro de mi confusión tomé conciencia de la voz del teléfono, ¡Era la voz de Alicia!, pero, ¿cómo era eso posible? Estaba aterrorizado. Quise apoyar mi mano sobre las suyas, pero antes de consumarlo sentí una pequeña palmada sobre mi hombro izquierdo. El horror que sintió mi cuerpo fué algo sin igual. Solté un extraño aullido de tonos contenidos y aterrado volteé instantáneamente. Un hombre pequeño estaba detrás mío, se disculpó por mi susto y dijo ser empleado del lugar. Preguntó si yo necesitaba algo. Todavía agitado y confundido le dije que no entendía por qué no había nadie y si sabía él la causa de la muerte de mi amiga. Se encogió de hombros y aseguró que en el libro de novedades sólo decía que nadie iría al velatorio, ya que el mismo tenía lugar tan sólo como una formalidad jurídica resultante de la última voluntad de la difunta; a primera hora del día lunes deberían despachar el féretro para cremar el cuerpo. Pregunté por algún familiar que pudiera haber hecho algún trámite previo. Lo negó sacudiendo la cabeza mientras decía que todo el trámite se había efectuado por medio de un expediente policial y me repitió que el velatorio del cuerpo respondía a un especial pedido hecho por mi amiga cuando aún estaba moribunda. Todo me resultaba cada vez más confuso, por lo cual estaba resuelto a ir el día siguiente a la jefatura policial. Miré una vez más el rostro apagado de Alicia buscando encontrar una explicación, pero ella ya no estaba allí para dármela, solamente ví en su expresión una típica mueca de serenidad. Miré el ataúd por última vez y me fuí, no sin antes pedirle al empleado que me dijera en cual comisaría se había iniciado el expediente. En el informe no figuraba ninguna comisaría sino que parecía haberse originado directamente en el Departamento de Policía. Me pareció sorprendente y acrecentó más aún mi sensación de misterio. Volví a casa, ya era tarde, me acosté y a pesar de mis maquinaciones, me dormí pronto.


El timbre del portero eléctrico me despertó. Miré el reloj y eran las siete de la mañana, no me imaginaba quién podría estar llamando tan temprano. Al preguntar quién era, era la policía. Los dejé entrar, eran dos agentes uniformados y me mostraron una citación por la cual debía acompañarlos al Departamento Central. Pregunté cual era el motivo a lo que respondieron que estaba relacionado con la muerte de una mujer joven. Me estremecí de pánico, comprendí que se referían a Alicia y temí que de la misma manera extraña en la cual se habían dado las circunstancias de la noche anterior, ahora yo me viese extrañamente involucrado con algún episodio de su muerte. Luego de vestirme rápidamente salimos. Subí al patrullero ante la mirada curiosa de vecinos y transeúntes y fuí llevado al edificio de la calle Belgrano. Me condujeron hasta la oficina de un comisario, quien mientras hablaba por teléfono me hizo señas para que tomara asiento. Por vez primera caí en la cuenta de que el trato había sido amigable, lo cual no dejaba de intranquilizarme. El comisario colgó el teléfono, me miró fijo a los ojos y aseguró que todo había sido recuperado. Pregunté a qué se refería. Dijo que gracias al accionar de un detective de la división fraudes y estafas, luego de un largo seguimiento se había descubierto a una organización delictiva que se dedicaba a estafar a incautos como yo y que el cerebro de aquella “banda” había sido una tal Alicia Silvermann, pero que había caído muerta en un enfrentamiento con la policía. Quedé mudo. Todavía incrédulo pregunté si habían capturado al resto, a lo que me instó a ver las fotografías de todos ellos. Una a una, las caras que desfilaban ante mis ojos eran las de mis viejos amigos. No lo pude creer, no podía entender en qué momento habían decidido dejar de ser las personas que yo había conocido para transformarse en vulgares delincuentes. Yo los conocía a todos, a la mayoría desde chicos y nunca habría sospechado algo así.
  Como adivinando mis pensamientos, el comisario me miró y sonriendo dijo que habían comenzado el día que decidieron confabularse para sacarme toda mi fortuna. No quise creerlo, pero las evidencias documentadas demostraban que era verdad. Alicia nunca había hecho aquella inversión. Ellos actuaron para mí todo el tiempo aquella noche en el restaurant. Aprovecharon, por supuesto, aquella jugada alocada e irresponsable de mi parte, y cabalgaron sobre mi soberbia abatida. Me traicionaron por mucho más de lo que yo me imaginaba. Recordé la noche anterior y comprendí que aquel llamado telefónico había sido la voz de Alicia tratando de comunicarse desde “el más allá”. Lo logró. Quizás deba interpretarlo como un último deseo de pedirme perdón, quizás simplemente no quiso estar sola en su propio funeral. No sé, puede que las historias de fantasmas sean ciertas. A pesar de haber recuperado gran parte de mi fortuna, sigo solo, más solo que nunca. ¿Quién podría acercarse a mí sin codiciar mis riquezas? Sólo un fantasma. Quizás logre encontrar algún amigo entre las paredes de ese extraño museo del Retiro. Los fantasmas existen... y ahora yo mismo soy uno de ellos.


........................
Autor: Rodolfo Eres